El 26 de noviembre de 2009 era domingo, un domingo más. Jasón había pasado el fin de semana fuera de casa, lejos de su pequeño apartamento, en el que vivía solo desde hacía un par de años.
Era aficionado al alpinismo, y se había ido con un par de amigos a pasar el fin de semana en un cerro en un pueblo a unos 300 kilómetros de su ciudad. El fin de semana había sido perfecto. El clima había sido muy bueno para dormir al raso y para pasarse todo el sábado escalando un pequeño pico que había en el cerro.
Jasón vivía solo desde que un par de años antes su pareja se muriera en un accidente de coche.
La noche del 3 de noviembre de 2007, la noche en que Juana se murió, su vida cambió por completo. Hasta entonces, Juana y Jasón habín sido una pareja muy feliz. Varios años de noviazgo commpartiendo piso y un amor que continuaba creciendo después de tanto tiempo eran el equipaje que Juana se llevó a la tumba con ella. Nada de aquel amor pudo quedarse en el interior de Jasón. Nada de todo lo vivido hasta entonces pudo ser retenido como un recuerdo, nada pudo permanecer alimentando el día a día de Jasón, ni siquiera se permitió el lujo de echarla de menos.
La injusticia que se llevó la vida de Juana hizo que Jasón decidiese convertirse en una persona sin sentimientos, hizo que la persona que era, con su capacidad de amar y ser amado, desapareciese para siempre en la profundidad del dolor por una pérdida que quiso olvidar desde el primer minuto.
Desde el día siguiente a la muerte de Juana, Jasón decidió cambiar de vida. Decidió mantener cerca a una parte de los amigos comunes, incluso mantuvo algunas aficiones, tanto personales como de grupo, pero hizo desaparecer una parte de si con intención de no volver a tenerla nunca jamás.
La capacidad de sentir, de amar a alguien, de necesitar a su pareja o de disfrutar con ella fueron algunas de las cosas que Jasón desterró como resultado de un razonamiento en torno a la muerte de Juana que le llevó a decidir vivir como una persona vacía.
Al dia siguiente de la muerte de Juana, y aprovechando los días de permiso que su empresa le dio, buscó un apartamento en el que vivir, en el que cambiar de vida, pudiendo así romper con los recuerdos y con los sentimientos que una vez poblaron su cabeza.
Tardó dos horas en encontrar un pequeño apartamento/estudio, con un salón-dormitorio, una cocina y un baño. Esa misma noche, al día siguiente de la muerte de Juana, Jasón dormía ya en su nuevo apartamento y empezaba su nueva vida, con su nueva personalidad carente artificialmente de necesidades afectivas. Sin ganas de amar ni de ser amado, sin necesidad de sentirse triste, sin la satisfacción de sentirse alegre.
El tiempo fue pasando, y Jasón centró su vida en su trabajo, en sus pocas aficiones, y en su apartamento. El apartamento fue el sustituto de Juana. En su afán por cambiar de vida y de romper con el pasado, Jasón pasó meses mirando muebles y decorando el apartamento a su gusto, con sus propias ideas y su propio trabajo. A pesar de lo pequeño que era, las horas que Jasón invirtió en él lo convirtieron, sin que el propio Jasón se diese cuenta, en su pasión.
Fue completamente ajeno a él, y casi una paradoja absurda, que en el intento de dejar atrás todo aquello que lo hacía humano, acabase por introducir en su vida una nueva pasión, a la que dedicaba horas y horas pensando, diseñando, construyendo e instalando.
Los meses pasaron, y el apartamento fue cogiendo forma. Vinilos, lamparas, pinturas, muebles, complementos de todo tipo... siempre había algo que hacer en el apartamento. Siempre había algo que cambiar, aunque solo llevase un par de semanas en casa.
Después de dos años centrado en el trabajo y en su vida en casa, en una casa diseñada a la medida de su imaginación, su vida empezó a resentirse. De repente empezó a notar que le faltaban ganas de hacer cosas. Por suerte, siguió manteniendo algunas de sus aficiones, entre ellas el alpinismo.
Aquel 26 de noviembre, domingo, Jasón llegó a casa a las diez de la noche. Habían ido al cerro en el coche de uno de sus amigos, así que a la vueta, éstos dejaron a Jasón en su casa y se marcharon.
La noche era ya cerrada, el alumbrado de una solitaria calle peatonal era el único compañero en el camino de Jasón desde el principio de la calle hasta su portal. Cuando llegó al portal, cargado con la mochila de la ropa, el saco de dormir y la mochila con todo el equipo de aplinismo que puede llevar un aficionado un fin de semana, dejó todo en el suelo y buscó la llave. Entró en el portal y pulsó el interruptor de la luz de la escalera. No funcionaba.
El edificio, una antigua casa de dos plantas rehabilitada en una calle peatonal del centro de la ciudad, estaba a menudo deshabitado. Era muy común que alguno o todos los vecinos de Jasón no estuviesen en casa a esa hora. En realidad, lo más extraño era que estuviesen todos, a pesar de ser solo cuatro vecinos.
Recogió el equipaje y subió al segundo, a su apartamento. Abrió la puerta y la oscuridad de la casa vacía se unió a la oscuridad del rellano. El ruido de la cerradura fue lo único que pudo romper el silencio del pequeño edificio.
De repente Jasón se sintió solo, vacío. De repente sintió que aquella no era su casa. Sin saber porqué, en cuanto abrió la puerta se sintió como un extraño en su propia casa. De alguna forma que no alcanzaba a comprender, desde la puerta de su apartamento, desde donde sin tan siquiera entrar se podía ver el salón-dormitorio, la cocina y la puerta del baño, todo aquello que se mostraba ante sus ojos era ahora extraño, no desconocido, pero sí ajeno.
Aquel pequeño estudio que durante tanto tiempo había sido la pasión de Jasón se convirtió en un instante en un conjunto de ladrillos y objetos decorativos, que no acababan de formar un hogar, que, sin saber porqué, no formaban parte de la vida de Jasón.
Y sin tampoco saber porqué, Jasón intentó encajar su casa en su cabeza, y se dio cuenta de que después de tanto tiempo, despues de tanto esfuerzo, y sobretodo, después de todo el cariño que él había puesto en cada uno de los rincones de lo que tendría que ser su hogar, no había logrado sentirse unido a una nueva vida. Se sentía un extraño en su propia casa, y, en cierto modo, se sentía un extraño en su propia vida.
Dejó todo, bajó y se fue corriendo a la estación del tren. Allí se subió al primer tren que salía y, después de viajar durante unas horas, se bajó en la primera estación que encontró cuando se despertó.
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