Caminaba lentamente. No había casi nadie y en la estación reinaba un silencio sepulcral.
Aurelio era un hombre tranquilo. Como vigilante jurado se esperaba de él que todo estuviese en orden, al precio que fuese. Como persona, Aurelio nunca utilizaba la fuerza, y en raras ocasiones discutía. Siempre intentaba arreglar los problemas por la vía del diálogo.
Solía llegar al trabajo a las seis menos cuarto de la mañana, para que el cambio de turno se hiciese en condiciones. No le gustaba hacer esperar a sus compañeros, y, aunque le molestaba que lo hiciesen esperar a él al acabar su turno, nunca protestaba. Era una cuestión de carácter, había sido educado en la corrección y madurado en la rigidez de un colegio que no admitía contestaciones.
Aquella fría mañana de martes Aurelio estaba solo. Había hecho el cambio de turno a cinco minutos para las seis, pero su compañero no había llegado todavía. Ésto sin embargo no impidió que comenzase su ronda.
Lo primero que hizo fue echar un vistazo por los accesos secundarios de la estación, y comprobar que todo estaba en su sitio. Luego se fue caminando hacia el acceso principal a hacer lo propio. Por último empezó su paseo por los bancos de la sala central de la estación, que, en aquella época del año estaban habitados.
Se acercó al primer banco y, con suavidad y severidad avisó al inquilino que debía levantarse. Éste, en un estado de notable embriaguez hizo un gesto despectivo hacia Aurelio, quien siguió hacia el siguiente banco... "luego vuelvo a por éste", pensó.
En el segundo banco estaba Jasón, Aurelio lo conocía desde hacía poco tiempo, pero para él era una persona a respetar por encima de cualquier cosa. Jasón tenía algo que lo hacía diferente al resto de sinhogares que vivían, o que al menos dormían, en su estación de tren.
-Jasón, despierta, son ya las seis -dijo Aurelio.
Jasón estaba acostado en el banco, y tapado con una manta y un cartón reblandecido con la humedad de la lluvia de los últimos días. Dormía profundamente a pesar de la incomodidad de la cama y de la noche fresca que le llevó, una vez más, a buscar cobijo en la estación de tren, a buscar, o al menos así le gustaba a Jasón pensar que era, una cama en la casa de Aurelio.
La buena educacuión de Aurelio para con los sinhogar no era apreciada ni por sus compañeros, ni por muchos de los que dormían en los bancos de la estación. Por el contrario, Jasón era conscinte del buen trato que Aurelio le dispensaba desde que había empezado a dormir allí, hacía ya tres meses.
-Aurelio -contesto suavemente Jasón con voz entrecortada y somnolienta-, todas las mañanas pienso lo mismo cuando te veo: "hogar dulce hogar".
Aurelio se emocionó, no estaba acostumbarado a que apreciasen su forma de ser o de trabajar, y se quedó sin palabaras para contestar a los elogios de una persona a la que empezaba a apreciar por su sorprendente humanidad.
Pasaron unos segundos de silencio en la penumbra de la estación. Jasón abrió los ojos y contempló la cara de sorpresa de Aurelio, quien lo observaba fijamente. Increiblemente, ambos sintieron una fugaz sensación de cercanía, como si se conociesen hacía mucho tiempo.
-Cinco minutos, por favor -le pidió Jasón a Aurelio.
Aurelio sonrió, y por un momento sintió el instinto de acariciar el hombro de Jasón. Luego se irguió y continuó caminando, pensando en lo que le acababa de pasar, intentando explicarse a si mismo porque tenía aquellos sentimientos por una persona a la que no conocía prácticamente de nada.
Su conclusión fue clara: una aguja en un pajar. Para él, la buena educación de Jasón, o simplemente, el hecho de que Jasón no fuese maleducado con él, hacía que lo viese de una forma diferente. El resto lo hizo el paso del tiempo y la mente humana, que rápidamente construye un perfil en el que encajar a cada una de las perosnas a las que se conoce. La bondad, el humor, la generosidad y un sinfín de atributos que no conocemos se los asignamos a álguien a partir de un rasgo mínimo de su personalidad.
Mintras Aurelio se alejaba lentamente, Jasón apretó un poco más la manta contra su cuello, intentando disfrutar de los últimos minutos de calor de una mañana de un martes invernal.
Sintió que aquel era su hogar. Por un momento fue capaz de sentir que Aurelio era como una madre para él. Por un momento sintó estar en casa como nunca lo había sentido desde hacía más de tres años.
Luego su mente retrocedió a aquel 26 de noviembre en que se vida cambió para siempre.
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