Friday, April 3, 2026

Selected psychologist files. Sample 4 (I)

Paciente número 3.882, J.F.

Sesión 1 (Grabación 9.451, 3 de Abril)

(Hacía tiempo que el paciente no acudía a la consulta, siempre pensé que por fin había tomado las riendas de su vida. En la llamada telefónica que hizo para pedir cita no quiso adelantarme el motivo, así que tomo nota de todo y grabo la sesión como un cuaderno en blanco que espero que J.F. escriba).

"Congelada."

(El paciente se queda callado pensando, como recordando, no es clara la actitud ni el objetivo. Me mantengo en silencio dando todo el espacio posible a J.F.)

"No sé cuanto tiempo puede haber pasado, no soy capaz de calcularlo. Aunque es fácil hacer las cuentas. En realidad lo que me resulta complicado es entender qué ha pasado dentro de mí todo este tiempo, entender la transformación y el ritmo al que la he sufrido. Y lo que me resulta aún más enigmático, ¿qué ha pasado dentro de ella desde la última vez que la vi?

De hecho, no sabría por donde empezar a describir aquel último instante. Imagínese, seguro que a usted le ha ocurrido alguna vez. ¿Es capaz de recordar la última vez que estuvo con un hijo, con su madre, con su pareja? No me refiero al momento, eso es sencillo, es solo cuestión de memoria. No, me refiero a lo que usted sintió la última vez que estuvo con un ser querido.

Ella era diferente, nunca fui capaz de decidir si era mejor o peor que cualquier otro compañero de clase, pero yo tenía claro que era la persona con la que quería estar. Era aquella chica diferente de la que, con 15 o 16 años, no eras capaz de explicar ni el más trivial de tus sentimientos por ella.

Es curioso como es el amor en la juventud. Es el sentimiento más potente que has tenido hasta el momento y es, sin embargo, el único que no puedes explicar. Muchas veces, simplemente poder diferenciar una atracción de una empatía es una tarea de dimensiones descomunales.

Solo sé que por entonces sentía que mi vida estaba ligada a la suya, no podía quitarmela de la cabeza, era algo enfermizo. La observaba sin ser visto, buscaba las zonas del patio próximas a ella y sus amigas, cambiaba mis trayectos de vuelta a casa para coincidir con el suyo, al menos durante algunos tramos. Recuerdo que alguna vez intercambiamos apuntes en clase, todo un logro para mí en el acercamiento a ella que quería conseguir.

Y lo más increible de toda aquella época fue que ella no fue consciente de nada de lo que estaba pasando. Todo estaba en mi interior.

El tiempo fue pasando, no sé muy bien como conseguía sobrevivir a la infelicidad que me producía la distancia. Supongo que como todos los jóvenes, un experiencia positiva ayudaba a tapar los agujeros provocados por una negativa."

(El paciente se queda pensando unos segundos y continua).

"Una negativa.

La verdad es que las semanas fueron pasando y sentía que tenía que hacer algo para remediar aquella situación en la que no conseguía ser dueño de mis pensamientos o tener mis propias preocupaciones del día a día.

Estudiar, hacer deporte, estar con la familia, ir al cine... todas las cosas que yo hacía con ella, al menos, con ella en mi cabeza.

Por momentos llegué a pensar que aquella situación podría convertirse en mi nuevo normal, mi vida disociada: una vida en el mundo real con todos los mios, y una vida entre hipótesis y suposiciones que compartía con la idea que de aquella chica que se había formado en mi cabeza.

Una negativa.

Me sentía cada vez más impotente para ser yo mismo. No, mi vida no estaba gobernada por ningun pensamiento, mi vida transcurría como hasta entonces. Lo que sí estaba gobernado por una idea, una poderosa idea, era el interior de mi cabeza. Ahí sí que lo único que podía hacer era dejarme llevar.

De hecho, recuerdo que en algunas ocasiones, esa impotencia para trazar un rumbo en mis ideas me trajo algunos sentimientos felices. Imaginar situaciones en las que quería estar con ella, partes de nuestras vidas que se convertían en algo compartido, algo que vivíamos juntos. Recuerdo estremecerme al pensar que caminábamos cogidos de la mano.

Recuerdo haber soñado alguna vez con ella, y disfrutar de ese sabor de bienestar que te dejan los sueños sin entender de donde viene. Ni falta que hace.

La vida fuera de mi cabeza continuó con normalidad. De puertas adentro la infelicidad crecía a medida que pasaban los meses y el curso avanzaba.

Hasta que ya solo había una cosa en mi cabeza: Marga".


Selected psychologist files. Sample 4 (II)

De alguna forma ajena para ella, Marga era la persona que marcaba el ritmo de mi felicidad, no de mi vida, pero sí de mi bienestar. O de mi malestar, más bien.

Lo cierto es que una persona tímida e introvertida como yo tiene una posición díficil en la vida. Y un reto imposible cuando hablamos de sentimientos o de tener una pareja.

Estaba llegando el final de curso y las cosas no habían hecho nada más que empeorar. Lo que en los primeros meses era disfrutar imaginando mi vida con Marga, en los últimos meses era un sufrimiento que multiplicaba mi infelicldad por la impotencia que sentía doblemente: por no ser capaz de controlar mis pensamientos y por no ser capaz de poner remedio a aquella situación tan fácil de entender y tan dificil de explicar"

(Animo al paciente a continuar y dejo caer de manera inadvertida que mi especialidad puede no ser la más adecuada para aquel tipo de problemas)

"Si usted es capaz de tratar un TOC seguro que podrá ayudarme, porque todo lo que le estoy contando se corresponde con una obsesión compulsiva, no lo dude.

Si aún no lo ve claro, déjeme continuar y lo entenderá.

No recuerdo si fue un viernes o un sábado por la tarde-noche. Puede que incluso fuese una época marcada del año, fin de año, carnaval..., no sé, ahora lo recuerdo todo como si hubiesen pasado meses desde que todo empezara, pero igual solo fueron unas semanas.

Aquel día del fin de semana había una fiesta, con música y esas cosas. Supongo que también con alcohol, aunque eso no formaba parte de mi negociado.

Después de una o dos horas en aquella fiesta, quizá una fiesta de instituto en el local del Casino, quizá una mera coincidencia que Marga y yo estuviésemos allí, quizá el destino..., mi cabeza explotó de tal forma que mi parte consciente solo pudo ser testigo de un impulso.

Me acerqué a Marga y sin saber cómo decirlo, sin haberlo ensayado, sin tan siquiera haber pensado en hacer algo así, me acerqué, puse mis brazos sobre sus brazos y le dije, no recuerdo cómo ni con qué palabras, que quería ser su novio.

Supongo que en mi desgobernada cabeza tenía sentido, y no había otra forma de decirlo, había que ser claros y directos.

Tardó unos dias en responderme, quizá un par de semanas, no lo recuerdo.

Una negativa."

(El paciente parece afligido. Aunque ha contado toda aquella historia de manera un tanto aséptica, es claro que le afecta más de lo que se deja traslucir a través del relato. Dado que se queda de nuevo en silencio aprovecho para preguntarle cuánto tiempo ha pasado desde todo aquello, y el paceinte responde que 40 años aproximadamente. Me fascina el detalle con el que cuenta la historia y lo afectado que está. No tengo claro que se trate de un trastorno, sino que más bien parece la experiencia vital de una persona con una piel muy fina para determinadas situaciones, especialmente dada su extrema inseguridad y timidez, que he podido constatar en la ficha de su última visita, hace ya unos cuantos años).

Selected psychologist files. Sample 4 (III)

"Hace unos dias me crucé con Marga."

(Cada vez tengo menos claro que mi ayuda sea lo que este hombre necesita. En cualquier caso, lo animo a hablar y contar sus preocupaciones, cuanto más sepa mejor podré ayudarlo o encaminarlo a una ayuda más adecuada).

"Fue breve, ni si quiera nos hablamos, no creo que tuviésemos nada que decirnos.

Nos cruzamos en la acera, un día soleado, con gafas de sol. Ella iba acompañada de una chica joven, una hija quizás, no podría decirlo. Yo caminaba solo, en sentido contrario, en la misma acera, escuchando música con mis cascos.

Caminaba feliz, ajeno a los problemas cotidianos, en plenas vacaciones. Estaba paseando por la acera, bordeando el arenal de una playa, contento, disfrutando del buen tiempo.

Vi acercarse a dos mujeres, una mayor, como de mi edad, y otra más joven, ambas de piel blanca y melena castaña. La primera impresión me disparó el pulso, porque pensé que una de aquellas dos mujeres se parecía mucho a Marga.

La segunda impresión me bloqueó, porque, a pesar de haber pasado 40 años, allí estaba Marga, y sí, también seguía vivendo en mi memoria.

Congelada.

La imagen de Marga, con su guardapolvos de la época, con su pelo corto, con su piel blanca, delgada, muy delgada, seguía en mi cabeza. El paso del tiempo había creado aquella imagen de Marga en mi cabeza, seguramente muy fiel a cómo era, seguramente muy fiel a mi recuerdo. Pero lo que es seguro es que esta nueva Marga que he visto hace unos dias ha evolucionado, ha tenido una vida lejos de mí, ha tenido su propia vida, su felicidad, su familia, sus problemas.

Sin embargo en mi cabeza está congelada, suspendida en el tiempo. En mi cabeza ella sigue siendo la que yo conocí hace 40 años, ella es la que hacía que yo no fuese dueño de mi cabeza, de mis pensamientos, de mis sentimientos. En mi cabeza sigue siendo Marga, una negativa congelada en el tiempo.

Sí, es Marga, y desde que la he vuelto a ver no he parado de pensar en ella, he retomado, sin poder evitarlo, mi senda de hipótesis y suposiciones. ¿Cómo habría sido nuestra casa? ¿Dónde habríamos vivido? ¿Y la graduación de nuestra hija?

Estos días he estado intentando recordar la última vez que la vi. He intentado por todos los medios recuperar lo que sentí en ese último instante. Y me he preguntado, ¿hasta dónde somos conscientes de que un momento dado será irrepetible? ¿Qué indica que la última mirada que deslicé sobre Marga iba a ser realmente la última? Y si de verdad lo supiese con antelación, ¿qué habría hecho diferente? ¿Tratar de memorizar su cara? ¿Forzar la creación de un recuerdo?

En realidad, yo no lo necesitaba. No lo sabía en aquel momento, pero lo descubrí algún tiempo después, y lo he comprobado nuevamente hace unos días. En realidad yo había congelado a Marga en mi memoria, seguramente de por vida.

Necesito ayuda, no puedo volver a caer de aquella forma, y más aún sabiendo que ahora puedo reconstruir en mi cabeza mi vida con Marga al completo. Ahora sé todo lo que me ha pasado desde aquellos días confusos de instituto, y además conozco muy bien al yo que soy hoy en día y todo lo que he vivido.

Con Marga."

Friday, February 21, 2020

Parallel lifes. Sample 3 (I)


Dejó el abrigo en el perchero de la entrada, se frotó las manos y entró en el salón. Se sintió reconfortado al darse cuenta de lo agradable que era la temperatura en casa de Laura. Luego se acomodó en el sofá frente a ella, que escuchaba música con los cascos, y esperó a que la música cesase, no quería asustarla.

El apartamento estaba completamente en silencio, así que se oía perfectamente la música que sonaba a través de los cascos. Cuando Headlights finalizó, y antes de que entrase el siguiente tema, Daniel habló.

—Hola, ya estoy aquí. ¿Qué tal estás?

Daniel estaba a unos pocos centímetros de Laura, por lo que ésta lo escuchó perfectamente a pesar de los cascos.

—¡Hola! ¡Qué alegría! —respondió Laura quitándose los cascos—. Tenía ganas de verte. ¿Cuándo fue la última vez que viniste?

«No lo sé, Laura, prefiero no recordarlo, pero te aseguro que se me ha hecho una eternidad».

—Pues la semana pasada, creo que el miércoles. ¿Qué tal has estado?

—Bien, bien, por aquí con mis cosas. ¿Y tú que tal te encuentras? ¿Tienes buen aspecto?

«La verdad es que últimamente estoy bastante fastidiado con mis cosas».

—Bueno, voy tirando. Ya sabes, mucho trabajo por las mañanas, visitas por las tardes, ayudar aquí y allá…

—Pero cuéntame, ¿qué has estado haciendo estos días? ¿Has conocido a alguien? ¿Algún cliente nuevo…? ¿Alguna clienta quizá…?

Después de todas las conversaciones que habían tenido desde que se conocieron, Laura sabía de sobra cuál era la situación sentimental de Daniel. Él nunca se lo había dicho, pero se sentía muy solo, buscaba desesperadamente una pareja, alguien con quien compartir, alguien a quien querer.

Nunca hablaban de temas personales, como mucho hablaban sobre el estado de ánimo de cada uno o de cómo les afectaba tal o cual noticia. Aunque sus objetivos vitales o sus necesidades no eran asuntos de los que hablaban, la capacidad de Laura para captar los matices en la voz Daniel le permitía entenderlo a la perfección. La claridad con la que era capaz de interpretar las frases dichas de una manera o de otra diferente, entender las cosas que decía, captar las que dejaba entrever o imaginar las que guardaba para sí, le permitía construirse una completa foto mental de Daniel, seguramente mucho más próxima a la realidad que la foto mental que tenía de cómo era Daniel físicamente.

—Pues de momento sigo igual. Mismas visitas, mismos clientes… —respondió Daniel con cierta desidia.

«Ojalá las cosas fueran diferentes, ojalá tuviera el valor de hablar, ojalá tu fueras mi única clienta, ojalá cuidase de ti veinticuatro horas al día».

—Bueno, está bien —dijo Laura en tono condescendiente—, parece que hoy no tienes muchas ganas de charla. ¡Menudo compañero que me he buscado!

—No, no es eso, quizá me encuentro demasiado cansado. Demasiado trabajo, creo…

—¿Y no serán demasiadas preocupaciones?

«No sigas, por favor, hoy no».

Laura notaba que Daniel estaba diferente. Sus frases escuetas y vagas y su más que aparente ausencia mental le hacían pensar que su cabeza estaba ocupada con alguna preocupación nueva o con alguna que pudiera haber renacido. En cualquier caso, y cumpliendo su acuerdo tácito de no hablar de temas personales, trató de sonsacarlo sin que se diese cuenta.

—¿Quieres ir a otro sitio? ¿A la terraza quizá? —dijo Daniel dejando la pregunta de Laura en el aire después de un silencio algo incómodo.

—No, aquí estoy bien, noto el sol que entra a través de la ventana y me resulta muy agradable.

«Sí, esa luz te hace muy hermosa. Mejor nos quedamos aquí».

Se quedaron callados de nuevo, ninguno sabía muy bien que decir o qué hacer. Después de semanas de charlas y paseos, por algún extraño motivo, ambos se sentían incómodos ahora, distantes. Laura, más aplomada que Daniel, trataba de reconducir la situación.

—Podemos leer un poco, ¿qué te parece? ¿Estás muy cansado? Me encanta ese libro que empezamos la semana pasada.

«Lo siento Laura, creo que no puedo seguir con esto».

—Vale, voy a por él.

Daniel se levantó y fue a la habitación de Laura a por el libro. Cuando volvió al salón vio a Laura levantar la cabeza y moverla hacia los lados, como queriendo captar cada uno de los rayos de sol que entraban por el ventanal del salón. Se quedó paralizado observándola, viendo aquellos sensuales movimientos, viendo cómo la luz del sol se reflejaba y casi atravesaba sus finos cabellos. En cuanto volvió en sí se dio cuenta de que la decisión que había tomado era la correcta, y no podía seguir con aquello.

Parallel lifes. Sample 3 (II)

«No sé qué te pasa. ¿Por qué estás así? ¿He hecho algo mal?».


—¿No lo encuentras? —dijo Laura alzando la voz—. Debería estar en la mesilla de noche, o sobre la cama.

—Sí, sí, lo tengo —dijo Daniel caminando hacia el sofá—. ¿En qué capítulo íbamos?

«La verdad es que no me importa, solo con oír tu voz soy la mujer más feliz del mundo».

—Aquí tengo el marcapáginas, capítulo catorce. ¿Leo?

«Claro, mi amor».

—Sí, por favor.

Daniel comenzó a leer, como hacía una o dos veces por semana desde que Laura había vuelto a casa después del accidente. Entre las actividades que la ONG con la que colaboraba Daniel, estaba la de ayudar a gente con problemas, aunque solo fuese charlando o leyendo o ayudándole con las cosas de casa. Al igual que le pasaba a Laura, las personas ciegas que todavía no habían conseguido hacerse con el Braille agradecían mucho una ayuda como aquella.

Daniel trató de concentrarse en la lectura y alejar de su mente la preocupación que le impedía tratar a Laura con naturalidad, como hacia sin problema alguno con las otras personas a las que ayudaba.

—Perdona, Daniel. ¿Te importa preparar un café?

«Creo que es mejor que no leamos hoy, tienes que contarme qué te pasa».

—Sí, claro. ¿Solo descafeinado? Sino luego te costará dormir.

—Eso es. Aquí te espero, no me moveré…

Laura seguía intentando distender la situación y distraer la atención de Daniel con la logística cotidiana, el libro, el café…, trataba de que se relajase un poco y bajase aquella defensa que le impedía hablar. Trataba de romper su acuerdo tácito, quería que él le hablase de sus problemas, aunque solo fuese aquel día. Necesitaba escucharlo, aunque nunca más volviesen a tratar el tema.

«Yo no tengo fuerzas para decírtelo, y menos si en la cabeza tienes otras cosas. ¿Tienes a otra persona en tu cabeza? ¿Tienes pareja y no sabes cómo decírmelo?».

Daniel volvió con el café y, completamente en silencio se sentó nuevamente frente a Laura, que mantenía la silla de ruedas inmóvil. Cogió la mano de Laura y le entregó el café un sumo cuidado.
Ella lo acercó a sus labios y sorbió lentamente y en completo silencio. Él dejó escapar unas cuantas lágrimas sin decir la más mínima palabra, ya no podía contener aquel sentimiento de tristeza infinita que lo acompañaba desde hacía ya unos cuantos días.

«Así que no quieres contarme que te pasa. Yo solo quiero ayudarte… En realidad, solo quiero quererte, solo quiero que tú y yo seamos uno… Si tuviera el valor de contarte todo lo que siento, si pudiera decirte que tú eres lo mejor que me ha pasado en esta vida… Si fuese capaz de hacerte entender que el accidente ha sido lo que me ha traído hasta este momento y que ha sido la única forma llegar a ti, el hombre al que amo…».

El silencio, ahora más triste que incómodo, continuó hasta que finalmente Daniel, entre aquellas lágrimas invisibles para Laura, consiguió explicar que su empresa lo acababa de trasladar y la semana siguiente empezaría a trabajar en un nuevo proyecto a más de mil kilómetros de allí.

Thursday, February 13, 2020

Extra ball, keep playing (I)

Allí seguía, observándolo. Llevaba ya más de cuatro horas sentada en aquel incómodo sofá y ni siquiera era consciente de que le dolía la espalda desde que se había acomodado. Para ella se trataba solamente de una cuestión física que en aquel momento escapaba por completo a su raciocinio, convirtiéndose en un dolor inconsciente, en algo que su mente ya tenía asimilado y era por tanto imperceptible para ella.

Lo que sí empezaba a notar era que el sueño trataba lentamente de vencerla. Pasaban ya de las tres de la mañana y el cansancio empezaba a hacer mella. Además, hacía ya más de dos semanas desde que había tomado la decisión de convertirse en aquella especie de ángel de la guarda, en aquel sereno que velaba por el descanso de Andrés.

En medio de aquella habitación oscura, solamente iluminada por las lejanas luces de la calle, sus ojos se cerraron involuntariamente, lo que provocó en ella una reacción inmediata que hizo que se incorporase y cambase ligeramente la postura para no ser derrotada por el cansancio.

Una desazón en forma de flash cruzó su mente al verse incapaz de luchar contra el sueño, al ver que aquel largo día iba a finalizar sin que ella lo pudiera evitar. Al mismo tiempo era consciente de que, como ya había ocurrido los días anteriores y seguramente ocurriría los días siguientes, el sueño se convertiría irremediablemente en el vencedor de aquella lucha sin sentido, y un día más despertaría acurrucada en el sofá al escuchar las primeras palabras de Andrés en un nuevo día, una bola extra que ella recibiría con infinita alegría.

De momento había conseguido repeler el primer envite de Morfeo en aquella noche de temporal, a pocos días de Nochebuena, pero la lucha contra el sueño no había hecho más que empezar.

Después de arropar a Andrés al acabar de cenar, y con el ruido del viento en las ventanas como melodía que sabía que la acompañaría durante toda la noche, comenzó a reflexionar sobre la determinación que la había llevado a aquellas maratonianas jornadas de lo que ella llamaba “la observación del amor”. Como ya había ocurrido en días anteriores, no pudo evitar especular acerca de lo que pensaría de su situación alguien que la pudiera observar desde fuera. Cuando aquellos pensamientos llegaban a su cabeza, no podía para de imaginar lo que pensaría sobre ella alguien que pudiera leer su mente cuando hacía aquello, cuando observaba.

La sesión de observación era en realidad una extensión de su comportamiento a lo largo del día. El momento en el que Andrés se quedaba dormido representaba en realidad la capacidad de convertirse en espectadora única de la vida de Andrés. Sentarse allí durante horas y verlo dormir plácidamente, o al menos sentir que aquella respiración profunda representaba una tranquilidad infinita que para ella tenía que ser la vida de Andrés, se había convertido en el mejor momento del día. Desgraciadamente, aquellos días se estaban convirtiendo en los tristes mejores momentos de su vida.

Extra ball, keep playing (II)

Hacía poco más de dos meses que Andrés había dejado de salir a la calle. En realidad, ya no había regresado al colegio después de las vacaciones de verano, justo cuando las cosas comenzaron a cambiar y se vio obligado a dejar de jugar al futbol, a ir al cine, a ir al parque, a dejar de ver a sus amigos con los que tanto se divertía. Andrés era un niño enormemente social, y verse a sí mismo como una especie de recluso, aunque no fuese una reflexión que un niño de su edad fuese capaz de hacer, le estaba cambiando el carácter, convirtiendo al mejor lateral derecho del barrio en un ermitaño introvertido.

A sus nueve años, Andrés, hijo único de aquella pequeña familia de dos miembros, trataba de pasar el día jugando con el teléfono de su madre. Había instalado unos cuantos juegos con los que se entretenía cuando no estaba demasiado cansado para concentrarse en una pantalla en la que las balas, los coches de carreras o los enemigos le resultaban cada día más rápidos que el anterior. Aquel simple pero efectivo entretenimiento que conseguía con los juegos del móvil era lo único que hacía que Andrés se desconectase del micro-mundo en el que vivía, siempre acompañado por su adorada madre.

Ella lo observaba día tras día, y era consciente de que todos aquellos cambios que estaban teniendo lugar en Andrés lo estaban convirtiendo en un niño diferente, algo muy alejado de lo que su hijo siempre había sido. Por desgracia, ella no tenía capacidad alguna para cambiar la situación. Como madre no podía parar de preocuparse por su hijo, tenía que asegurarse continuamente de que disponía todo lo que pudiera necesitar, de que era todo lo feliz que pudiera ser.

A pesar de todos sus esfuerzos, no podía evitar pensar que por mucho que observase a Andrés dormir plácidamente, por más tiempo que dedicase a sentarse durante horas a oscuras en la habitación de Andrés, jamás sería capaz de detener el tiempo.

Tampoco podía evitar pensar en cuanto tiempo más podría seguir haciendo la observación del amor, cuánto tiempo le quedaba para poder disfrutar de Andrés, de cuánto tiempo más dispondría para sentir que aquel cuerpecito encamado seguiría con ella. Trataba de aferrarse a Andrés con los pocos recursos que disponía: tan solo la firme determinación de hacer que los días que pasasen juntos serían lo más largos posible.

Poco antes de quedarse dormida, después de pasarse unas cuantas horas observando a Andrés dormir, su último pensamiento fue para los médicos de Andrés, quienes habían dedicado horas y horas de esfuerzo y dedicación personal a intentar buscar un remedio al cáncer de Andrés. Sus pensamientos eran una mezcla de frustración y agradecimiento muy difícil de digerir.
Poco antes de quedarse dormida no pudo alejar de su mente la esperanza de que los médicos se hubieran equivocado, y aquellas “de dos a cuatro semanas” se convirtieran primero en unos meses y luego en un montón de años.

Poco antes de quedarse dormida pensó en la profesión de Andrés, en la novia de Andrés, en la boda de Andrés e incluso en sus nietos. Aquellos pensamientos la acompañaron incluso después de caer finalmente rendida, la acompañaron mucho más allá, convirtiéndose en el dulce sueño que compartió aquella noche con ella.