Thursday, July 14, 2016

Dust is the metaphor (II)

De repente una idea pasó por mi cabeza cuando atravesaba nuevamente el hall dejando atrás todos aquellos años de penas y alegrías, especialmente alegrías. De repente visualicé todo lo que me rodeaba, todo lo que formaba parte de mi vida, todas las cosas que me acompañaron desde pequeño.

Volví a cerrar la puerta que acababa de abrir para salir de casa por última vez, me di la vuelta y observé una vez más. El recibidor y su espejo, cubiertos de un polvo que indicaba a cualquier recién llegado que allí ya no había vida.

Volví a recorrer la casa rápidamente, posando la vista un instante en cada objeto que me iba encontrando a mi paso, sin parar de caminar, dejando que los recuerdos aflorasen solos con cada nueva mirada. El salón, las habitaciones, la salita de juegos, los baños, la cocina… en todas partes había cosas. El frutero vacío, la televisión apagada y desconectada, el espejo al final del pasillo en el que hacía mucho que ya nadie se miraba, las últimas y polvorientas ofertas del supermercado sobre el recibidor.

Y mi vista se posó sobre el costurero. Y lloré. Era seguramente el único objeto en toda la casa que aún mantenía un hilo de vida, de forma inexplicable. Lo abrí, y mis sospechas se confirmaron. Allí estaba todo, las agujas de ganchillar, los hilos, los retales, los botones, el alfiletero, un par de dedales…

No era sino una nueva paradoja del tiempo. El único objeto que encontré con vida pertenecía a alguien que se había ido hacía ya muchos años. Supongo que mi padre se sintió incapaz de vaciarlo o regalarlo, pues para él era como la última conexión de mamá con la tierra.

Con la venta de la casa dábamos fin a una generación, al menos físicamente. Papá y mamá todavía vivirían unos años más en mi cabeza y en la de mis hermanos, y, como un recuerdo lejano, en la de mi hijo y en las de mis sobrinos.

Todavía recordaríamos durante muchos años las vivencias y las personas con las que compartimos nuestra infancia y una buena parte de nuestra juventud.

Lo único que desaparecería prácticamente sin dejar recuerdo alguno eran las cosas que nos acompañaron sin siquiera darnos cuenta durante toda nuestra vida. Todas aquellas cosas que ahora se sentían abandonadas, llenas de polvo.
El polvo que cubría todo no era sino la metáfora de la soledad.

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