Volví a cerrar la puerta que acababa de abrir para salir de
casa por última vez, me di la vuelta y observé una vez más. El recibidor y su
espejo, cubiertos de un polvo que indicaba a cualquier recién llegado que allí
ya no había vida.
Volví a recorrer la casa rápidamente, posando la vista un
instante en cada objeto que me iba encontrando a mi paso, sin parar de caminar,
dejando que los recuerdos aflorasen solos con cada nueva mirada. El salón, las
habitaciones, la salita de juegos, los baños, la cocina… en todas partes había
cosas. El frutero vacío, la televisión apagada y desconectada, el espejo al
final del pasillo en el que hacía mucho que ya nadie se miraba, las últimas y
polvorientas ofertas del supermercado sobre el recibidor.
Y mi vista se posó sobre el costurero. Y lloré. Era
seguramente el único objeto en toda la casa que aún mantenía un hilo de vida, de
forma inexplicable. Lo abrí, y mis sospechas se confirmaron. Allí estaba todo,
las agujas de ganchillar, los hilos, los retales, los botones, el alfiletero,
un par de dedales…
No era sino una nueva paradoja del tiempo. El único objeto
que encontré con vida pertenecía a alguien que se había ido hacía ya muchos
años. Supongo que mi padre se sintió incapaz de vaciarlo o regalarlo, pues para
él era como la última conexión de mamá con la tierra.
Con la venta de la casa dábamos fin a una generación, al
menos físicamente. Papá y mamá todavía vivirían unos años más en mi cabeza y en
la de mis hermanos, y, como un recuerdo lejano, en la de mi hijo y en las de
mis sobrinos.
Todavía recordaríamos durante muchos años las vivencias y
las personas con las que compartimos nuestra infancia y una buena parte de
nuestra juventud.
Lo único que desaparecería prácticamente sin dejar recuerdo
alguno eran las cosas que nos acompañaron sin siquiera darnos cuenta durante toda
nuestra vida. Todas aquellas cosas que ahora se sentían abandonadas, llenas de
polvo.
El polvo que cubría todo no era sino la metáfora de la
soledad.
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