Estaba completamente en silencio. Como todos los domingos de
buen tiempo, o al menos así lo recordaba yo; los otros dos vecinos solían pasar
la tarde paseando por el rio. Mi padre no, él prefería descansar aprovechando
que el pequeño edificio de tres plantas se quedaba completamente vacío.
En la calle no había coches, y el edificio estaba
completamente en silencio. Cuando cerré la puerta se oyó un pequeño eco. Primero
entré en la salita, al lado de la entrada, donde mis hermanos y yo hacíamos
todo tipo de trastadas y peleábamos cada poco. El sol se colaba entre las
láminas de la veneciana, y hacía brillar el polvo que se había acumulado sobre
los muebles en las últimas semanas. Una solitaria televisión me llamó a
encenderla sin entender la razón. Pulsé el botón y nada ocurrió, y recordé que había
dado de baja suministro eléctrico semanas atrás.
Pasé al salón donde celebrábamos todas las comidas de
Navidad, cumpleaños, y cualquier evento que nos diese la oportunidad de
juntarnos todos para comer, pero sobre todo para charlar… y aquellas sobremesas
que duraban hasta la hora de cenar. Al ver aquella gran mesa que se veía
aburrida después de tanto tiempo sin trabajo, me vino a la memoria el trabajo
que nos daba montar las extensiones para que mayores y niños pudiéramos comer
juntos, casi treinta en la última celebración.
Unos pequeños marcos con fotos de los 70 y los 80 que
poblaban el mueble que estaba al fondo del salón parecían ofrecerse a cualquier
mirada que pasase por allí. ME llamó la atención uno de ellos, que parecía
haber sido desempolvado hacía no mucho tiempo. Era una foto mía y de Lucía.
La cocina me resultó extrañamente vacía. Con todos sus
muebles, sí, pero sin vida, ni una sola bandeja en el mesado, ni una pieza de
fruta sobre la mesa, nada en el horno. La nevera abierta y completamente vacía
me miraba esperando que la llenase. “Hoy no te toca”, pensé, y mi mente se la
imagino llorando como un niño pequeño pidiendo que la enchufaran.
En el baño que estaba al lado de la cocina, un único cepillo
de dientes era el heredero solitario de aquel vaso lleno de cepillos de todos
los colores, con etiquetas con nombres de nietos e hilos de colores atados a la
base. Aquel único cepillo me decía que se sentía solo.
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