La miraba fijamente a los ojos, casi con obsesión. Pensaba y pensaba, recordaba. Ella no me miraba.
Su pelo se enredaba y se esparcía ligeramente por la almohada, pero no de forma sugerente como una modelo de revista, ni de manera artificial como una modelo de peluquería, ni siquiera tenía el peinado inocente de la niña que era. Sólo era su pelo, el que daba forma a su cara. Daba igual su color, daba igual la hora del día, era el pelo que definía a Sofía.
No era presumida, nunca lo había sido. Tampoco era descuidada, en ese sentido sólo se podría decir de ella que le encantaba sentirse a gusto consigo misma, sólo para ella. Apenas hacía dos años que se lo había cortado y abandonado aquella melena que tanto trabajo le daba.
Respiraba cómoda y pausada, parecía descansar plácidamente. O al menos era lo que yo percibía, y eso generaba una sensación de sosiego en mi interior. Seguía teniendo los ojos cerrados.
Me acerqué a Sofía un poco más, quería oírla respirar, sentirme más cerca de ella. Lo que en realidad quería era fundirme con ella, alcanzar ese tópico literario en el que ambos nos convertimos en un único ser.
Mis ojos la observaban a pocos centímetros, y lo que veían era paz, tranquilidad.
Mi mente voló hacia otros recuerdos. El viaje a Polonia, los tours por algunas capitales del telón o los recorridos en moto por la alocada Marraquech fueron algunos de los flashbacks que pasaron lentamente por mi cabeza. Cerré los ojos y nos vi juntos tomando el sol en una playa en alguna isla del pacífico. Comenzaba a esbozar una sonrisa inconsciente cuando un nuevo recuerdo sustituyó a todos los anteriores. Ahora nos veía discutiendo la preparación de algún viaje, y dándole la razón a ella. Le encantaba viajar, y siempre tenía en la cabeza una idea pendiente de realizar, pero el destino nunca era la playa o un resort de vacaciones, siempre había una razón de peso para conocer la cultura de algún país extraño, del que muchas veces nos costaba hasta encontrar una guía turística.
Me acerqué un poco más e inspiré profundamente para sentir su olor. A diferencia de mí, que siempre he preferido no tener un olor propio, un perfume o un aftershave característico, a Sofía le encantaba ir siempre arreglada y especialmente perfumada.
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