Tuesday, April 17, 2012

Selected psychologist files. Sample 2 (I).

Paciente número 2.413, Pablo Morán


Sesión 1 (Grabación 9.237, 16 de Septiembre)


(Le tomo los datos y le pregunto por su estado de ánimo)


“Estoy triste, muy triste, y lo peor de todo es que me ocurre hace ya demasiado tiempo. Recuerdo que estábamos sentados, en el paseo marítimo, en primavera, mirando al mar. Una leve brisa refrescaba el ambiente de un atardecer completamente despejado, por suerte, porque estábamos a más de veinticinco grados, y a esas alturas del año es demasiado calor, y en el caso de nuestra ciudad es demasiada humedad.”

“Recuerdo que llevábamos más de media hora callados, mirando al mar desde aquel banco de piedra. Y recuerdo que cada minuto que pasaba ella se alejaba más de mí. Recuerdo que no me salían las palabras. No es que no fuese capaz de decirlas, es que no encontraba ninguna que decir, así que, para romper el hielo, a la vez que pasaba un ciclista con un maillot rosa sobre una bicicleta de color azul metalizado delante de nuestra mirada, puse mi mano sobre la suya. ¡Dios mío! ¡Me quise morir!”

“Fue una reacción instantánea. Retiró su mano, se levantó y se fue caminando sin tan siquiera mirarme, sin dirigirme una mísera palabra, ignorándome. Ignorando mi estado de ánimo. Obviando que en los últimas semanas había llorado por todas las esquinas. Anulando 15 años de matrimonio en el que, creo yo, habíamos sido muy felices.”

(Se queda callado durante dos minutos, parece estar mentalmente agotado, así que me mantengo en silencio.)

“No puedo entenderlo. Recuerdo aquel momento mejor que cualquier cosa que haya hecho esta mañana. Lo rememoro todos los días, algunos días incluso más de una vez, y no lo hago a propósito. No soy capaz de superarlo, nunca podré borrarlo de mi mente y empezar de nuevo. Cada vez que me empeño en olvidarlo solo consigo recordar más detalles y hacer más real uno de los peores momentos de mi vida.”

“Desde el día que Marián me dejó solo he conseguido mantenerme en un continuo estado de desesperación. No me he sumido en una profunda depresión, no, pero tampoco he mejorado lo más mínimo mi estado de ánimo desde entonces. En realidad me siento permanentemente igual que aquel día en el que me dejó, en aquel banco del paseo marítimo que odio y miro de reojo cada vez que paso por allí. A veces, cuando paseo por allí, tengo incluso la sensación de vernos allí sentados en silencio, y me pongo muy nervioso. Y doy la vuelta. Otras veces evito el paseo marítimo y voy a pasear a cualquier otro sitio.”


Sesión 2 (Grabación 9.270, 29 de septiembre)

“Es como si el destino quisiese regodearse en tu sufrimiento. No le basta con que lo pases mal, quiere que el dolor sea máximo, que tardes mucho en recuperarte. ¿Y cómo lo consigue? Muy fácil, basta con que creas que has arreglado un problema para después mostrarte uno mayor.”

“A mi padre le dio un infarto. Nos pilló a todos de sorpresa. Estaba sano, no era muy mayor, no había precedentes familiares… El susto fue supremo, y la familia se unió en torno a papá. La alegría del problema superado nos produjo una felicidad inmensa. La justa para que muriese de un segundo infarto solamente tres días después del primero. Fue una caída al vacío. Todavía recuerdo los detalles de aquella mañana de lunes, cuando recibí una extraña llamada de un amigo de mi padre, al que yo conocía de vista. Esto debió hacerme sospechar, pero la euforia del problema superado días antes todavía me duraba, y no me dejó ver la realidad. ‘Tu madre prefiere que vengas a casa, por si acaso’, me dijo. Luego supe que mi padre ya estaba muerto. Pero antes, cuatro horas de conducción, un atasco que me retrasó 25 minutos, una multa de radar que recibí días después. Paré a llenar el depósito a sólo 20 minutos de casa de mis padres. Sólo en ese momento, cuando el dependiente me preguntó si necesitaba algo más antes de cobrarme 54 euros que pagué con mi tarjeta Visa, pensé en responderle ‘tranquilidad es lo que necesito’. Solo en ese momento me di cuenta de lo que estaba haciendo sin saberlo: conducir para asistir al entierro de mi padre.”

“Fue una mala época que tuve que vivir. No estábamos muy unidos, ni nos veíamos frecuentemente, pero mi padre siempre había sido mi referente familiar. Mi relación con mi madre o con mis hermanos siempre fue secundaria. Supongo que como primogénito, no encuentras más referente que tu padre, el caso del resto de hermanos es distinto.”

“En los días siguientes lamenté profundamente el tiempo que pasé lejos de él. Sí, es una estupidez humana acordarse de Santa Bárbara cuando truena, pero es inevitable. He recordado muchas veces aquellos días del verano del 83, cuando un martes por la tarde nos enfadamos por una discusión estúpida sobre si yo, como hijo, debía hacer todo lo que me ordenasen mis padres o si por el contrario disponía de cierto grado de libertad dentro de la familia. Esto es lo que subyacía, pero en realidad nos enfadamos porque me pidió que le lavase el coche y yo tenía otros planes. Lo que vino después fue el resultado lógico del enfrentamiento de dos personas con el mismo carácter. Ninguno dimos nuestro brazo a torcer. Estuvimos cerca de dos semanas sin dirigirnos la palabra. La situación se tensó, y el problema se disolvió sin hablarlo, sin aclarar nada. Dos semanas desperdiciadas. Lo que hubiese dado por dos semanas con mi padre.”

“Cuando llegué a casa de mis padres, llamé a la puerta, me abrió un vecino. Quedé noqueado. ‘¿Dónde está mi padre?’ Nadie me respondió. No fue necesario. Entré. La casa estaba llena de gente, tíos, primos, conocidos, compañeros de trabajo. Yo era el único que no sabía nada. Recuerdo que después de aparcar, y cuando me estaba acercando a casa de mis padres, la duda me asaltó de nuevo, y volví a pensar en la muerte de mi padre. Pensé que la señal definitiva sería encontrar en la entrada de casa una mesita donde la gente firma un librillo y deja tarjetas con sus condolencias. Al llegar vi que no había nada de eso, y respiré tranquilo de nuevo.”

“También recuerdo que no fui capaz de llorar el día del entierro. Creo que aún lo necesito.”

Selected psychologist files. Sample 2 (II).

Sesión 3 (Grabación 9.322, 17 de octubre)

“No soy consciente de la edad sobre la que tengo mis primeros recuerdos. Para mí la infancia es una nebulosa con pinceladas de recuerdos, de pequeños detalles y de imágenes borrosas, que, hasta es posible que yo haya creado con el paso del tiempo y que no existiesen originalmente o no fuesen como yo creo recordarlas.”

“El recuerdo sobre el que tengo la sensación de ser el más antiguo es el de la papilla. Para cenar, mi madre siempre me preparaba leche con Cola-Cao que luego espesaba a base de galletas trituradas, que ella misma rompía a mano y pisaba con un tenedor. Después de prepararlo todo, lo ponía en un plato sopero y me lo daba con una cuchara. Así todas las noches, o eso creo, hasta que un día decidió que ya era hora de simplificar un poco aquel proceso y servir la leche con Cola-Cao en una taza, y que yo me la sirviese.”

“Recuerdo que pensé que mi madre no me quería. Recuerdo que pase varios días cenando a disgusto. Al final se me pasó, pero fue mi primera experiencia con el desamor. Fue la primera vez que sentí que alguien a quien yo adoraba había dejado de quererme. Sentí que pasaba a un segundo plano en su vida.”

“No sé, es como el día que me enfadé con mi padre, el enfado me duró unos días y luego desapareció. Yo creo que son como heridas que quedan mal cicatrizadas, si mi madre me lo hubiera explicado a lo mejor no le hubiese guardado rencor los días siguientes. Además, ¿qué nos queda en la memoria, entre los recuerdos, de todo lo que hemos vivido? ¿Y si mi estado de ánimo en un momento dado está marcado por un recuerdo antiguo al que yo no doy importancia? Y lo que es peor, ¿y si mi estado de ánimo está marcado por recuerdos de los que yo no soy consciente de tener?”


Sesión 4 (grabación 9.378, 21 de noviembre)

“¿Sabe? Creo que ya sé lo que me pasa. ¿Sabe usted a qué me dedico? Creo que se lo conté en la primera sesión, cuando me hizo la ficha. Soy analista de procesos desde hace más de 20 años, en la misma empresa en que empecé. No soy insustituible, ya sabe, los imprescindibles están todos en el cementerio, pero sí es cierto que sería muy difícil que los procesos de elaboración de la empresa no se resintiesen si yo me voy de la compañía, y ¿sabe por qué? Pues muy sencillo, porque me paso el día revisando cada una de las naves, cada una de las máquinas, revisando la materia prima, observando a cada uno de los operarios, tomando todo tipo de notas para optimizar los procesos, y, sobre todo corrigiendo errores. Soy un gran valor para la empresa, sí, pero eso no es relevante. Lo que es verdaderamente importante es que voy guardando en mi memoria cada uno de los errores que encuentro, cada uno de los cambios que introduzco para optimizar los procesos. Esto es importantísimo, pues no podemos permitir que un error se repita, y si eso ocurre debemos corregirlo en el menor tiempo posible, no podemos permitirnos el lujo de inventar la rueda de cada vez. ¿Me entiende?”


(Pablo Morán, el paciente núm. 2.413, ha dejado la terapia. Según él, su problema es su exceso de memoria, y acudir al psicólogo a contarle sus inquietudes y preocupaciones no hace más que refrescar los malos recuerdos en su cabeza, y lo que él necesita es todo lo contrario, necesita olvidarse, necesita borrarlos.)