El día de Nochebuena de 2.023 era un día anormalmente cálido. A diferencia de otros años no nevaba, ni se esperaba que nevase en los días siguientes. Ezequiel Anderton se dirigía en su coche de empresa, con su chófer de empresa, hacia las oficinas principales de Anderco, su imperio, el de su padre en realidad.
Samuel, había empezado en el negocio en los años 60 con una pequeña casa de empeños a las afueras de su ciudad natal. Y en el año 2.003, solo 40 años después, había llegado a construir una red de empresas valorada en miles de millones de euros. Muchas veces fue preguntado por el secreto de su éxito, y la respuesta siempre había sido la misma: imaginación, intuición y trabajo duro.
Ezequiel se lo encontró todo hecho, pero no por ello se dedicó a vivir una vida feliz sin preocupaciones y llena de excesos.
Su chófer lo dejó en la entrada del Samuel Business Center, el corazón de Anderco. Subió a su despacho en la planta 52, en su ascensor privado. Allí, en una enorme sala anexa a su lugar de trabajo, los 10 consejeros de mayor rango en la empresa le esperaban para tomar la decisión más importante de los últimos años. Samuel lo tenía claro, así que no esperó a que le preguntasen.
—Señores, desde que yo me hice cargo de Andreco no hemos parado de crecer. A día de hoy el número de compañías que forma nuestro conglomerado empresarial supera las 120.000, es decir, somos los dueños de más del 80% de las empresas del país, y eso representa además el 100 por cien de los negocios franquiciados permitidos legalmente. Nadie, como ustedes saben, puede hacer negocios en nuestro país sin nuestro consentimiento. Somos los dueños de las vidas del 92.7% de los trabajadores de este país, y, por tanto, la práctica totalidad de las familias viven bajo nuestro seno. Pagamos a nuestros empleados para que se gasten el dinero en nuestras empresas. El control que tenemos sobre el nivel de vida del país es devastador. Cualquier pequeño ajuste que propaguemos desde la matriz de Anderco hacía abajo en nuestra jerarquía empresarial logrará que sumamos al país en la más profunda de las crisis o en una época de bonanza nunca antes soñada. Y esto es algo que depende de nuestras necesidades de autofinanciación, y de nuestras decisiones. Caballeros, a veces hasta a mi mismo me resulta difícil de entender y de creer. Somos los dueños de sus vidas, creen que trabajan para ganarse la vida y alimentar a sus familias, pero en realidad lo único que hacen es nacer, crecer y morir dentro de nuestros dominios, generando una riqueza que convierte a Anderco en la dueña del destino de este país y sus gentes, y a mí en su Dios.
Los consejeros, aunque sabían de la grandilocuencia del presidente y dueño de la empresa siempre se asombraban cada vez que decidía impresionarlos con algún discurso pre decisorio. Ezequiel continuó después de una pequeña pausa.
—Este gobierno que hemos puesto hace sólo 3 años cree que está aquí para gobernar. Parece que no le han explicado a ese imbécil de Pablo Vaquero que forma parte del sistema, de mi sistema, que vive para trabajar para nuestro imperio… Nadie mientras yo sea Andreco aprueba ninguna Ley de Comercio Libre ni nada sin mi permiso en este país.
Se quedó callado después de alzar la voz y conseguir poner al consejo en tensión, al ver que se acercaba el momento de la decisión.
—Señores, el martes que viene el señor Vaquero tendrá un accidente aéreo que será el origen de las próximas elecciones. Ya les informaré del nombre del nuevo presidente.
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