Hacía apenas dos meses de su última visita al médico. En los últimos años había pasado muchas horas entre pruebas, análisis y diagnósticos, y aunque no tenía nada mejor que hacer que cuidar su salud, empezaba a estar harto de que su único objetivo en la vida fuese mantenerse vivo.
Entre tratamientos y rehabilitaciones su calidad de vida se había visto mermada hasta extremos que pensaba que no podría alcanzar. La lucha contra la enfermedad le había enseñado que todo lo que guardaba en su interior fruto de todo lo que había aprendido a lo largo de su vida podía alterarse en cuestión de segundos hasta convertirse en algo irreconocible, hasta llegar a parecer la vida de otra persona.
Las cosas que nos gustan, las cosas que no haríamos nunca, los límites que nos establece la sociedad y los que nos autoimponemos son resultado del tiempo que compartimos con los demás. Pero la simple aparición de un problema de salud hará que todo eso desaparezca, se desintegre sin siquiera darte cuenta. Es algo fortuito, algo circunstancial, algo con lo que nunca cuentas, y de repente eres otra persona. Tienes nuevos miedos, y tus anteriores preocupaciones son las nuevas nimiedades de tu día a día.
Pensaba en todo aquello mientras caminaba hacia la consulta para la enésima revisión de un novedoso tratamiento que estaba siguiendo desde hacía ya seis meses, su tercer tratamiento diferente en menos de dos años. Recordaba todo lo que había dejado atrás para llegar hasta aquel momento, pensaba en todos los que le rodeaban y en cómo se habían visto obligados a cambiar sus vidas para acomodar en ellas los problemas contra los que él tenía que luchar.
Recordó el día que después de semanas de pruebas por fin un médico le dijo lo que le pasaba.
Había ido al médico para una revisión general, y de paso comentarle unos problemas digestivos que notaba de forma cada vez más frecuente. Aunque solo le suponía alguna digestión incómoda de vez en cuando, había preferido chequearlo con su médico de cabecera para ponerle remedio. Estaba contento con su vida, con su calidad de vida, y era absolutamente innecesario tener que padecer la menor dolencia que le restase un pedacito perfección a su bienestar, a su vida «suprema», como a él le gustaba definirla.
Sunday, December 3, 2017
It's not retirement, just reorientation (II).
Cuando por fin consiguió estar solo en un sitio donde pudo conseguir algo de privacidad se sentó en el suelo, y con la cabeza entre las rodillas liberó su tristeza contenida. Dejó que sus ojos llorasen hasta que no hubiese más lágrimas. No podía pensar en porqué volvía a llegar a aquel punto, no podía luchar más.
Llevaba demasiado tiempo conviviendo con el sufrimiento, observando la vida torcerse sin verlo venir, sin poderlo evitar.
Cuando se recompuso mínimamente se levantó y se puso en marcha de nuevo, necesitaba llegar a casa y encontrar algo de consuelo. Por suerte vivía cerca de la clínica y podía ir caminando, no le apetecía por nada del mundo tener que conducir o tener que viajar en transporte público en aquel momento en que lo que más deseaba era sentirse completamente aislado, al menos hasta llegar a puerto seguro.
Era media mañana, y los niños estaban en el colegio. Un atisbo de alegría asomó por su mente, pero solo para darse cuenta de que la desolación en la que se encontraba sumido iba a poder desarrollarse libremente, no necesitaba ocultar nada, podría llorar y sentirse abatido al menos hasta las cinco de la tarde. Este pensamiento hizo que de sus lacrimales agotados saliese una nueva lágrima, recordándole que su vida rodeada de sufrimiento era lo que de alguna forma, que todavía no había planeado, tenía que ser dejada atrás.
Su mujer lo vio acercarse al fondo de la calle cuando estaba aireando el dormitorio de los niños, casi su primer trabajo del día después de acompañarlos a la parada del autobús y volver con una breve parada en el mercado, organizando ya las comidas del día.
Ella vio su cara, y supo que los problemas habían vuelto. Que hubiese vuelto a casa a una hora en la que tendría que estar trabajando prácticamente no supuso ningún motivo de sorpresa, pero su cara y su forma de caminar le decían que los problemas habían vuelto. Los recuerdos sobre su última conversación le hicieron presentir que esta vez seguramente sería diferente.
Ella sabía de la debilidad sentimental de su marido, y él era consciente del apoyo enorme pero infructuoso que ella le prestaba para poder recuperarse de aquellos golpes. Por suerte para ambos, estaban de acuerdo en que aquello tenía que ser solucionado entre los dos.
Abrió la puerta con sus llaves cuando ella justamente llegaba al hall de la casa. Se abrazaron y se sentaron en el sofá del salón, testigo mudo de tantas y tantas horas de desconsuelo y problemas a veces irresolubles.
Ella dejó que él llorase entre sus brazos, no trató de impedírselo, sabía que lo necesitaba y siempre había sido firme partidaria del llanto como vía de escape, o por lo menos como una forma de ponerse en el punto de partida para buscar la solución.
—La última vez que hablamos me dijiste que sería la última vez que hablaríamos. Siempre pensé que lo conseguirías, pero sé que es muy difícil. ¿Tenemos que pensar que equivocaste la profesión?
—¿Cuántos años llevo trabajando?
—Casi diez, empezaste cuando nos casamos. Ya sé que no te equivocaste, es solo una forma de hablar, es lo que mejor sabes hacer. Además, ayudar a los demás te ayuda a mantener tu fortaleza. Lo que me pregunto, y ya lo hemos hablado en otras ocasiones, es si no deberías cambiar de especialidad.
—Lo sé, te entiendo, y lo hemos hablado antes en varias ocasiones, y siempre he pensado que la oncología es dura de ejercer, pero que me permite desplegar toda mi fuerza para ayudar a los demás.
Ella no contestó, prefirió dejarle espacio para que siguiese sin interrupciones, ahora que parecía que ya podía hablar. Él lloró un poco más, aunque parecía que ya empezaba a sentirse desahogado.
Las decisiones no tardaron en llegar. Aquel día en que había comunicado a José Manuel, uno de los trabajos más difícil de toda su carrera, que lo suyo era cuestión de semanas o incluso días, aquel mismo día dejó la clínica y se fue en busca de otra forma de ayudar a los demás. Sus conocimientos eran enormes, su pericia profesional era insuperable, pero su debilidad emocional no le permitía continuar.
Llevaba demasiado tiempo conviviendo con el sufrimiento, observando la vida torcerse sin verlo venir, sin poderlo evitar.
Cuando se recompuso mínimamente se levantó y se puso en marcha de nuevo, necesitaba llegar a casa y encontrar algo de consuelo. Por suerte vivía cerca de la clínica y podía ir caminando, no le apetecía por nada del mundo tener que conducir o tener que viajar en transporte público en aquel momento en que lo que más deseaba era sentirse completamente aislado, al menos hasta llegar a puerto seguro.
Era media mañana, y los niños estaban en el colegio. Un atisbo de alegría asomó por su mente, pero solo para darse cuenta de que la desolación en la que se encontraba sumido iba a poder desarrollarse libremente, no necesitaba ocultar nada, podría llorar y sentirse abatido al menos hasta las cinco de la tarde. Este pensamiento hizo que de sus lacrimales agotados saliese una nueva lágrima, recordándole que su vida rodeada de sufrimiento era lo que de alguna forma, que todavía no había planeado, tenía que ser dejada atrás.
Su mujer lo vio acercarse al fondo de la calle cuando estaba aireando el dormitorio de los niños, casi su primer trabajo del día después de acompañarlos a la parada del autobús y volver con una breve parada en el mercado, organizando ya las comidas del día.
Ella vio su cara, y supo que los problemas habían vuelto. Que hubiese vuelto a casa a una hora en la que tendría que estar trabajando prácticamente no supuso ningún motivo de sorpresa, pero su cara y su forma de caminar le decían que los problemas habían vuelto. Los recuerdos sobre su última conversación le hicieron presentir que esta vez seguramente sería diferente.
Ella sabía de la debilidad sentimental de su marido, y él era consciente del apoyo enorme pero infructuoso que ella le prestaba para poder recuperarse de aquellos golpes. Por suerte para ambos, estaban de acuerdo en que aquello tenía que ser solucionado entre los dos.
Abrió la puerta con sus llaves cuando ella justamente llegaba al hall de la casa. Se abrazaron y se sentaron en el sofá del salón, testigo mudo de tantas y tantas horas de desconsuelo y problemas a veces irresolubles.
Ella dejó que él llorase entre sus brazos, no trató de impedírselo, sabía que lo necesitaba y siempre había sido firme partidaria del llanto como vía de escape, o por lo menos como una forma de ponerse en el punto de partida para buscar la solución.
—La última vez que hablamos me dijiste que sería la última vez que hablaríamos. Siempre pensé que lo conseguirías, pero sé que es muy difícil. ¿Tenemos que pensar que equivocaste la profesión?
—¿Cuántos años llevo trabajando?
—Casi diez, empezaste cuando nos casamos. Ya sé que no te equivocaste, es solo una forma de hablar, es lo que mejor sabes hacer. Además, ayudar a los demás te ayuda a mantener tu fortaleza. Lo que me pregunto, y ya lo hemos hablado en otras ocasiones, es si no deberías cambiar de especialidad.
—Lo sé, te entiendo, y lo hemos hablado antes en varias ocasiones, y siempre he pensado que la oncología es dura de ejercer, pero que me permite desplegar toda mi fuerza para ayudar a los demás.
Ella no contestó, prefirió dejarle espacio para que siguiese sin interrupciones, ahora que parecía que ya podía hablar. Él lloró un poco más, aunque parecía que ya empezaba a sentirse desahogado.
Las decisiones no tardaron en llegar. Aquel día en que había comunicado a José Manuel, uno de los trabajos más difícil de toda su carrera, que lo suyo era cuestión de semanas o incluso días, aquel mismo día dejó la clínica y se fue en busca de otra forma de ayudar a los demás. Sus conocimientos eran enormes, su pericia profesional era insuperable, pero su debilidad emocional no le permitía continuar.
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