A medida que se acerecaba al recinto su ritmo cardíaco se aceleraba, su nerviosismo se adueñaba de su comportamiento, y lo exteriorizaba cerrando y abriendo los puños con fuerza. Cuando se encontró a pocos metros de la entrada se dio cuenta de que ya se había formado una cola de un tamaño importante. Unas ochenta o cien personas estaban ya esperando a la apertura de puertas para poder entrar y coger un buen sitio lo más cerca posible del escenario.
Ana tenía catorce años recién cumplidos, y era la primera vez que iba sola a un evento. Estaba pues doblemente emocionada. Para ella todo era nuevo. El control policial, el recinto cerrado, las colas en cada una de las puertas o la inmensidad de aquel escenario eran algunas de las cosas que atraían la atención de Ana.
Se puso de última en la cola y en menos de dos minutos un pequeño grupo de cuatro personas se situó justo detrás de ella. Esto hizo que se sintiese parte de un colectivo que estaba allí para ver algo grande. Ana, una persona muy reflexiva, sintió que un aire de madurez salía de sus pulmones al verse a sí misma como una persona completamente autónoma que, sin la acostumbrada supervisión de sus padres, iba a asistir a su primer gran evento al aire libre.
Eva sin embargo tuvo que quedarse en casa. A pesar de vivir a menos de trescientos metros del recinto sus padres pensaron que tanta gente junta podría ser algo peligroso para una niña de casi trece años.
Días atrás, cuando Eva les dijo a sus padres que quería ir al evento éstos tuvieron que decirle que no. Su relación familiar siempre había sido excelente. Eva era una niña muy responsable, educada en los buenos valores familiares, con unas notas conservadoras que a veces podían ser vistas incluso como rallando en los limites de la intolerancia, pero, eso sí, siempre dentro del respeto.
Eva, hija única, y su familia, siempre iban juntos a todas partes, pero esta vez sus padres prefirieron no asistir al evento y Eva, siempre respetuosa con las instituciones familiares, no dijo nada en contra. No fue siquiera capaz de pedir a sus padres que la dejasen ir sola. Ante la posibilidad de una negativa, o más aún, ante la posibiliad de que se generase un mini-cisma familiar, Eva prefirió quedarse en casa.
Ana esperó un par de horas antes de acceder al recinto. Estaba agotada, pero la emoción hacía que no fuese capaz de percibir ningún sentimiento de aburrimiento o cansancio.
Al mismo tiempo Eva leía en casa, esperando la hora del comienzo. Después de varios días conteniendo su rabia por no haber podido hablar con sus padres, se disponía a ver el evento por televisión.
Finalmente el acto comenzó y Benedicto XVI entró en el escenario por la parte izquierda, visiblemente impactado por la cálida bienvenida. El vello de Ana se erizó con la emoción a la vez que una lágrima escapó del ojo derecho de Eva.
será que ana no pudo comprar entradas para coldplay en ticketmaster...y acabó viendo a benedicto XVI
ReplyDeletejeje
escribes bien...