Monday, November 8, 2010

Parallel lifes. Sample 1.

"Bar Handilla", un nombre tan original como hortera para un bar de barrio en el que se puede encontrar clientes de todas las edades. Desde pandillas de quinceañeros hasta viejos que van a ver el partido del Madrid que no pueden ver en casa porque sus mujeres están hartas de aguantarlos todo el día deambulando por la cocina.

Dodo, "el doctor dolor" como le llamaban sus colegas, estaba sentado en la mesa de la esquina al lado de la cristalera que daba a la calle, con una caña a medio tomar, envuelto en una nube de humo. Fumaba sin parar, y más de dos cajetillas diarias mantenían su ansiedad a ralla. Tenía la cara muy marcada, por peleas, por la vida al aire libre o por el sufirmiento contenido, y llamaba la atención su aspecto desordenado con ropas no muy sucias, pero bastante gastadas. Era un hombre de la calle.

Alejandro entró en el Handilla, con sus vaqueros Caramelo y su camiseta de Gaultier. Desde luego que llamaba la atención, y él lo sentía así. En realidad atraía las miradas en el Handilla, pero, con aquella indumentaria, pasaría completamente desapercibido en pleno barrio de Salamanca.

Alejandro entró en el bar, se paró en el vano de la puerta principal y observó a la izquierda y la derecha buscando a su viejo amigo. Dodo, ni atendía a lo que pasaba por la puerta, ni se preocupaba por lo que pasaba a su alrededor en general.

Alejandro pudo identificar a Dodo en medio de una humareda originada por el tabaco que su amigo estaba fumando, o, a juzgar por la densidad del humo, un cigarrillo hecho a mano conteniendo algún opiáceo o algún derivado del cannabis. Para Alejandro no había duda, a pesar de que todo el bar olía a marihuana, lo que Dodo fumaba era claramente un peta de hachís.

Hacía muchos años que no se veían. Después de haber sido los terremotos del barrio durante los años de la ESO, Dodo y Alejandro se volvían a encontrar en el que durante toda aquella época de supuesta madurez y gamberradas había sido su punto de encuentro.

Por qué un gay de ciudad y un yonqui de barrio se buscaban era algo dificil de explicar. Sólo ellos sabían la razón, y eran ellos los que se buscaban después de tantos años para saber del otro, para recordar los viejos tiempos y, segurmente, para olvidar los nuevos.

Alejandro, Ali para Dodo, caminó hacia la nube de humo y se sentó justo en frente de su amigo. Dodo, que no esperaba a Ali por aquellos lares, apunto estuvo de tirarle la caña a la cara a aquel desconocido por haberse sentado a su mesa sin permiso.

-¡Hostias tú! ¡El Ali! -exclamó Dodo alzando la voz para asegurarse de que lo oyesen en todo el bar.

Los clientes del bar, que no habían dejado de observar a Ali esperando la respuesta de Dodo, se giraron y volvieron a sus conversaciones.

Ali y Dodo se dieron las manos, y se las apretaron mutuamente, como símbolo de nostalgia, como expresión de un recuerdo que ninguno de ellos quería olvidar, como representación de una fuerza que ambos querían mostrar como viva en su interior. Después de demostrarse lo mucho que se echaban de menos, y, especialmente, que ninguno se olvidaba del otro, empezaron a hablar de los recuerdos, de las trastadas y de las gamberradas. Hablaron de las cosas que rompieron, de las que robaron, del primer cigarrillo, de la primera moto, del primer dia que cogieron un coche sin carné, de las tetas de sus compañeras de clase, de la primera borrachera... e incluso de la última que vivieron juntos.

Después de un rato entre carcajadas y cervezas la cosa se puso un poco más seria, y empezaron a contarse lo que fue de sus vidas después de aquella última borrachera, aquel día en que se vieron por última vez, aquel día en que Ali dejó el barrio para irse a estudiar económicas a Madrid.

-Mira Ali, la vida es muy jodida. Yo... y tú me conoces bien, siempre he sido un tío legal, pero esta puta mierda de vida me ha ido llevando por el camino de la pasta hasta que me ha mandado al arroyo.

-¿Pero tan mal estás? -preguntó Ali sorprendido.

-Pues mira, la caña que me estaba tomando cuando tu llegaste me la ha pagado aquel -dijo señalando a un joven de la barra-, y estas otras dos me las pagarás tu. Yo no tengo un puto duro para un triste peta.

-Vaya, siento oir eso Dodo, ¿qué te ha pasado? Cuando te dejé tu ya manejabas pasta, trabajabas en la charcutería y eras tú el que pagaba las cañas... y todo lo demás, claro. Y ahora...

-Pues mira -agregó Dodo-, cuando tú te fuiste no tenía con quien fumarme los petas, y empecé a fumarmelos yo solo, hasta que me echaron de la charcutería aquellos hijos de puta. Total, por fumar en horario de trabajo... ¡Hijos de puta! Después de eso volví a pasarlas putas, porque tuve que empezar a pedirle pasta a la vieja, como cuando éramos chavales, ¿te acuerdas? Entonces, un día, más colgado que qué, me dijo el Chupis que me pasaba algo de hachís si vendía un poco. ¡Hostia tu! ¡Nunca tuve tanto hachís en la mano!

Dodo se emocionaba y alzaba la voz mientras contaba aquel breve resumen de su vida.

-Conseguí venderlo sin fumarmelo todo, y me pude colocar gratis, sin gastar un duro, así que el Chupis estaba contento y me pasó más mierda para vender, pero esta vez me daba una parte. Así, ganaba pasta y fumaba gratis. Como el hachís daba poco beneficio le compre coca al Chupis, saqué una pasta, me metí mis primeras rayas y cada vez ganaba más pasta.

Ali estaba desconcertado, no esperaba que la vida de su viejo amigo hubiese llegado tan abajo.

-El problema vino cuando la pasta que ganaba pasando coca no me llegaba para lo mío, y empecé a quedarme una parte de lo que me pasaba el Chupis, hasta que se enteró y me corrió a hostias. A partir de aquí a tomar por culo todo. Todo el puto día con el mono, robando por donde puedo para poder meterme algo. Acabo chupando hostias por todas partes, sin curro y hecho una mierda. Ya ves, una puta mierda de vida.

-Joder Dodo, si que la has cagado. ¿Pero cómo pudiste meterte en esa espiral? ¿No veías que no te llevaba a ninguna lado? -respondió Ali.

-¡Hostia, el universitario! ¡Nos ha jodido! Pues claro, pero ¿que iba a hacer?

Ambos se quedaron callados, ninguno de los dos tenía respuesta para aquella pregunta.

-¿Y tu? ¿Tú qué, Ali?

-Pues mira como ya sabes, me fui para estudiar económicas... y bien. Acabé y entré de becario en una consultora, que es lo mismo que decir "nada". Desde ahí me coloqué de broker junior en una SVB...

-¡Joder Ali! ¡Cómo hablas! Y pensar que nos sentabamos juntos en clase...-interrumpió Dodo.

-Ya -continuó Ali-. Me dedicaba a recomendar inversiones a clientes de la empresa, y me fue bien, Así que me ascendieron, y me empezaron a pagar un sueldo variable en función de los contratos que firmase. A partir de aquí es donde empecé a vivir de puta madre, y una vez  me compré el coche que quería, empecé a invertir en bolsa parte de mi sueldo. "Si mis recomendaciones son buenas para mis clientes también serán buenas para mí", pensé. El caso es que seguí invirtiendo, y, finalmente, la bolsa cayó, y como me dedicaba a invertir en derivados...

-¿Derivados? -preguntó Dodo.

-Sí -respondió Ali-, es como las acciones pero cuando ganas, ganas mucho más, y cuando pierdes... puedes llegar a perderlo todo.

-Ah, como el bingo... -dijo Dodo a la vez que soltaba una gran carcajada sin ser consciente de que Ali no estaba nada contento contando aquella historia.

-No, más bien como el casino, es casi como un todo o nada. El caso es que a medida que la bolsa bajaba yo metía más pasta porque pensaba que ya no podía bajar más. Total, me quedé con una mano delante y otra detrás. Me mandaron a la puta calle y aquí...

-Y aquí estás, como yo.

Saturday, November 6, 2010

El evento, la multitud, el escenario.... Las Fans

A medida que se acerecaba al recinto su ritmo cardíaco se aceleraba, su nerviosismo se adueñaba de su comportamiento, y lo exteriorizaba cerrando y abriendo los puños con fuerza. Cuando se encontró a pocos metros de la entrada se dio cuenta de que ya se había formado una cola de un tamaño importante. Unas ochenta o cien personas estaban ya esperando a la apertura de puertas para poder entrar y coger un buen sitio lo más cerca posible del escenario.

Ana tenía catorce años recién cumplidos, y era la primera vez que iba sola a un evento. Estaba pues doblemente emocionada. Para ella todo era nuevo. El control policial, el recinto cerrado, las colas en cada una de las puertas o la inmensidad de aquel escenario eran algunas de las cosas que atraían la atención de Ana.

Se puso de última en la cola y en menos de dos minutos un pequeño grupo de cuatro personas se situó justo detrás de ella. Esto hizo que se sintiese parte de un colectivo que estaba allí para ver algo grande. Ana, una persona muy reflexiva, sintió que un aire de madurez salía de sus pulmones al verse a sí misma como una persona completamente autónoma que, sin la acostumbrada supervisión de sus padres, iba a asistir a su primer gran evento al aire libre.

Eva sin embargo tuvo que quedarse en casa. A pesar de vivir a menos de trescientos metros del recinto sus padres pensaron que tanta gente junta podría ser algo peligroso para una niña de casi trece años.

Días atrás, cuando Eva les dijo a sus padres que quería ir al evento éstos tuvieron que decirle que no. Su relación familiar siempre había sido excelente. Eva era una niña muy responsable, educada en los buenos valores familiares, con unas notas conservadoras que a veces podían ser vistas incluso como rallando en los limites de la intolerancia, pero, eso sí, siempre dentro del respeto.

Eva, hija única, y su familia, siempre iban juntos a todas partes, pero esta vez sus padres prefirieron no asistir al evento y Eva, siempre respetuosa con las instituciones familiares, no dijo nada en contra. No fue siquiera capaz de pedir a sus padres que la dejasen ir sola. Ante la posibilidad de una negativa, o más aún, ante la posibiliad de que se generase un mini-cisma familiar, Eva prefirió quedarse en casa.

Ana esperó un par de horas antes de acceder al recinto. Estaba agotada, pero la emoción hacía que no fuese capaz de percibir ningún sentimiento de aburrimiento o cansancio.

Al mismo tiempo Eva leía en casa, esperando la hora del comienzo. Después de varios días conteniendo su rabia por no haber podido hablar con sus padres, se disponía a ver el evento por televisión.

Finalmente el acto comenzó y Benedicto XVI entró en el escenario por la parte izquierda, visiblemente impactado por la cálida bienvenida. El vello de Ana se erizó con la emoción a la vez que una lágrima escapó del ojo derecho de Eva.